miércoles, 16 de marzo de 2016

Hoy escribo con lágrimas como tinta y con el corazón apagado, escribo para despedirme de aquello que quise ser para estar a tu lado, escribo para desahogarme y poder deshacer el nudo en mi garganta que me impedía digerir mi realidad.
Hoy escribo porque no conozco otra forma de decir lo que siento, porque no tengo tu cuerpo junto al mío para demostrarlo, porque aun cuando quiero creer que la distancia no es impedimento en realidad es lo que nos tiene alejados.
Hoy escribo para
 liberar mis demonios y matar mis tristezas, para redimirme conmigo misma, para rencontrar mi camino el cual perdí al pensar en un futuro que aun no tiene establecido un presente.
Hoy escribo por mí, pensando en ti. En todo aquello que tal vez, en otra vida o en otro tiempo podamos ser, escribo no rindiéndome, sino dándote espacio para ser y que te encuentres, porque te amo, porque soy fuerte y sé lo que quiero, porque nimiedades no me harán dejar de luchar por lo que creo y por lo que quiero. Y yo creo en ti, porque te quiero
.

martes, 15 de marzo de 2016

Escucha. Tú. Léelo despacio. Para estar sin estar. Escribir sin contestar. Venir para marcharte. Fingir que te importo. Hacer que NADA de NADA parezca AMOR y regresar una vez más con cualquier excusa para terminar, otra vez, desapareciendo, vete. En serio. DESAPARECE. Porque ni tu eres para tanto ni yo para TAN POCO.

lunes, 14 de marzo de 2016

A ti, la persona que lleva tanto tiempo aguantándome, porque sí, me aguantas. Soy una plasta, una pesada, una tocahuevos, llámale X. Tú, que desde que me miraste por primera vez supiste que yo era la mejor. Yo, que desde que me dijiste que lo era, no he dejado de dudarlo. Porque claro, me dices que soy guapa, preciosa, bonita, tu vida entera, y yo no te creo. Necesito que me lo digas a cada instante, y tú, con tu infinita paciencia, me lo repites hasta que me sangran los oídos.
No te cuesta repetirlo, pero sí te cuesta aceptar que después de tanto demostrado yo siga sin creérmelo. Y no es que no te crea, es que no quiero creerlo, porque es más fácil seguir boicoteándome que aceptar la grandeza que es que alguien te ame tal y como eres.
Es mucho mejor creerte cuando me llamas fea, te enfadas y me dices que si así me quedo más tranquila. Es triste, porque lo hago, me quedo mejor que cuando me dices aquello de ‘eres lo más bonito que he visto en mi vida’. Porque aunque hace tiempo que me he aceptado, los fantasmas siguen ahí, siguen jugando y siguenmalqueriéndome. El grinch de la relación me llamas, esa que contesta a tus ‘estás increíble en esa foto nena’ con un ‘qué va, son los filtros milagrosos de Instagram’. La que no acepta cumplidos porque no cree merecérselos, la que se autosabotea cuando no reconoce sus virtudes.
Tu forma de mirar mi cuerpo, de observarme cuando hablo, de tocarme cuando hacemos el amor, de hacerme disfrutar y de hacerte disfrutar. ¿Recuerdas el corte que me daba todo al principio? No quería que me vieses desnuda, tenía pánico. Mis miedos e inseguridades, esos que me impedían disfrutar al cien por cien de nosotros. Pero tú lo conseguiste, te vi y sentí que te conocía de siempre. Ya no me hace falta taparme después de hacerlo. Me sonrojo cuando miras mis lorzas, pero no por lo de antes, ahora me gusta que me mires, has conseguido que empiece a amar mis perfectas imperfecciones como tú lo haces.
Gracias por sacar lo mejor de mí y hacerme brillar. Gracias por animarme a ser yo misma, sin miedo a que me critiquen o juzguen. Gracias a tus besos y abrazos, a tus constantes muestras de cariño y piropos. Gracias por reñirme cuando evito arriesgarme por miedo a fracasar. Gracias por apoyarme cuando empiezo una dieta, pero sobretodo, gracias por apoyarme cuando fracaso y me acabo comiendo un helado. Gracias por animarme y decirme que solo yo puedo conseguirlo. Gracias por cuidarme y quererme los días que no me lo merezco. Gracias por no desfallecer. Gracias por hacerme creer que lo merezco todo y más.

sábado, 5 de marzo de 2016

Despertar, creer que lo que actualmente sucede en tu vida fue sólo una pesadilla y al darte cuenta que no es así, una pesadez se siente en tu cuerpo, haciéndote querer estar más tiempo en la cama, querer volver a dormir y ver si de una vez termina esta pesadilla.

Sin embargo, la vida continúa y sabes que tienes que ponerte de pie, tienes que ir al trabajo, ir a la escuela, tienes que continuar con la vida, te da flojera hasta bañarte, pero aún así lo haces y cuando estás dentro comienzas a contar los azulejos para distraer tu mente y no pensar en la persona que te ha destrozado el corazón. Cuando te descubres contando los azulejos, entras en desesperación y no comprendes cómo puedes sentirte tan mal. 

miércoles, 2 de marzo de 2016

¿Por qué tu ausencia duele tanto? No quiero volver a llamarte. No quiero ser la que te envíe ese mensaje. No quiero descubrir que estoy pensando en ti de repente, cuando no debería hacerlo. Que tienes algo que se me ha quedado grabado en la piel. Y sin embargo, yo ni siquiera he llegado a rozar la tuya.

Intento ser fuerte, sonreír, no demostrarle al mundo que realmente me importabas de verdad. Que alguna que otra vez me sorprendí pensando en un nosotros, en vez de en un tú y yo.

Pero tú, nunca quisiste conocerme. No quisiste llegar a mí. No quisiste dejarte conocer, tampoco. Quisiste que las cosas fueran tan distintas, tan frías, tan distantes, que aún duele. Porque me juraste que eras diferente, y caí en la trampa. Me dejé llevar, incluso cuando mi instinto me decía que no lo hiciera, que me traerías problemas. Y quise confiar, dejarme caer en tu abismo, porque desde fuera parecía maravilloso.

Y ahora, me dejas sola en él.


Le dije que no quería volver a saber nada de él. Mentí. Mirándole a los ojos, mentí. Le dije que durante su ausencia no le había echado de menos. Mentí. Que ha habido otros detrás de él. Que las noches ahora vuelven a ser cálidas. Cuantas mentiras. Le dije que no había sabido hacerme feliz, que fue un capricho entre tantos. Mentí al decirle que yo nunca me enamoro, que lo mío con su risa había sido un pasatiempo. Que nunca había sentido celos al verle acercarse a otra, que me era indiferente con quién compartiera almohada. Él agachó la vista y yo le seguí mintiendo. Mentí porque hay mentiras que son barcos en mitad del mar, porque hay verdades que ahogan. No fue por orgullo, lo juro. Mucho menos por despecho. Fue por supervivencia. Mentí por no admitirle que si volvía a besarme terminaría de romperme. Mentí por no reconocer que a mí ya no me quedan argumentos para defenderle, para excusar sus idas y venidas ante la gente que siempre quiere quedarse a mi lado. Porque si no le mentía tenía que asumir que desaparecer de su vida fue un último intento de salvación. Que no soporto imaginar que mira a otras con los mismos ojos que me mira a mí y que me aterra recordar lo indefenso que le sentía en mis brazos. Le mentí porque hablarle de mis ansias por buscarle era igual que abandonar las armas y entregarse al enemigo. Que quise correr y hablarle de amor pero no lo hice por miedo a que no comprendiera mis palabras. Y que por eso le escribo lo que nunca le voy a dejar leer mientras a la cara le miento. Porque ya sé que lo que mal empieza, mal acaba. Porque esta vez tenía que proteger mi suerte. Mentí porque él no dudó en hacerlo, porque yo le hablé de felicidad y él prefirió no creerme. Que no era importante para mí, eso le dije y no me tembló la voz. Porque preferí mentir una vez a vivir con incertidumbre toda la vida. Mentí porque no podía seguir quemándome en el infierno de las dudas, porque nadie debe luchar para que le quieran. Elegí que se fuera porque nunca se quedaba del todo. Y es que sus decisiones son tan absurdas como mis mentiras, y he preferido darle verdaderos motivos para desconfiar de mi, así no tiene que inventárselos. Mentí para ponerle fácil la huida, para que en sus noches no volviera a soñar con abrazos valientes. Para que crea que no existo, que fui un espejismo. Para que se vaya él, por si acaso yo no consigo abandonar.