A veces nos ponemos a pensar en vez de dejar que las cosas pasen, en vez de dejar que fluyan y sigan su ritmo, creemos tener todo controlado; cuando vemos que no es así y que los sentimientos nos exceden, es el momento en el que explota nuestro centro y nos desencaja de todo lo que habíamos planificado y planeado, hasta incluso las respuestas que ya teníamos estudiadas para todo, quedan fuera de contexto y no coinciden con lo que nos dice el motorcito que tenemos adentro.
Ahí mismo es cuando me doy cuenta de que tus caricias se sienten hasta los huesos, que hasta el más mínimo gesto se valora y se siente como si me bajaras la luna, que un beso puede llegar a generarme un cosquilleo dulce, que un pequeño roce hace que se me erice cada pelo del cuerpo y empiece a faltar el aire en el ambiente, que un abrazo puede hacerme sentir que jamás voy a caer, que una mirada, un sonrisa, una palabra por la mañana, otra por la noche y principalmente que el tiempo, ese tiempo que no recuperamos, ese tiempo que se dedica sin importar si es mucho o poco, pero que está destinado a morirse ahí, puede significar más de lo que esperaba y quería… Todo esto hace que me pregunte si realmente vale la pena pensar tanto o más bien sentir con cada partícula del cuerpo, brindándonos y abriéndonos a lo que pase, pero principalmente disfrutando del momento sin pensar en un “después”.
Me di cuenta, también, de que me hace peor tenerte lejos, sentirte lejos, no saber de ti, no hablarte; me resigno a sacarte de mi vida, a perderte. Estoy dispuesta a aceptar las reglas del juego. Te propongo un trato, sin presiones, ni ataduras, ni exigencias, ni obligaciones, ni responsabilidades, que sigas siendo tu, que siga siendo yo, como hasta ahora, que disfrutemos el uno del otro, de los momentos que pasamos juntos, que hablemos o que simplemente nos matemos, que riamos, que volemos, juntos, pero separados…
Solo eso…
sábado, 9 de enero de 2016
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario